El fantasma del nativismo


Waldo Acebo Meireles

En el espectro del pensamiento colorido y ecléctico del actual presidente de los EE.UU. el nativismo y sus concomitantes la xenofobia, el aislacionismo, el populismo y el proteccionismo desempeñan un importante papel, sin embargo no podemos considerar al nativismo propiamente como una ideología ya que carece de un cuerpo teórico que lo sustente, es más bien una corriente política que aparece de vez en cuando en el devenir electoral norteamericano; impulsos nativistas se produjeron a finales de 1790, a mediados de 1840 y de 1870 en los años 20 del siglo XX y ahora tenemos un renacer que se inició durante la campaña electoral de 2016 y comienza a concretarse en la reciente ‘reforma migratoria’ apoyada por Trump.

Los blancos de esos hipos políticos han variado con el correr de los años, al inicio fue contra alemanes e irlandeses —en especial católicos— después contra chinos e italianos, luego contra judíos, polacos, griegos, yugoeslavos, y más tarde japoneses y finalmente mexicanos y centroamericanos. Lo cual no es casual si consideramos que los EE.UU. tienen más hablantes de español que la misma España y solo es superado por México. Entre paréntesis los intentos de oficializar el inglés como el idioma de los EE.UU. siempre han fracasado.

La actual propuesta está llena de ‘deja vu’: reducción de cuotas de visas fueron establecidas en 1921 y 1924; en los años 40 del siglo XIX se demandó que los inmigrantes sólo pudiese optar por la ciudadanía después de residir permanentemente por 21 años; en los años 1870 a 1920 se luchó infructuosamente en contra de la enseñanza del alemán en las escuelas establecidas para los inmigrantes de esa nacionalidad.

Ya ha comenzado el apoyo a la proposición, incluso algún que otro ferviente admirador de Trump del patio ha comentado que la medida impulsará los incrementos salariales, —lo cual es un simple resultado de la ley de oferta y demanda en el mercado laboral—, sin referir que paralelamente se producirá un incremento del precio de los tomates, por solo mencionar un producto que es cultivado y cosechado por inmigrantes que no hablan necesariamente inglés, y por otra parte dudo que los nativos, no los indígenas, que es otra historia, dediquen sus esfuerzos a tan ingrata y mal paga tarea.

Trump, que se ha declarado admirador de Theodore Roosevelt, debería seguir su consejo dado hace más de un siglo, en 1908:

“Es nuestro derecho indudable decir qué pueblo, qué personas, vendrán a este país para vivir, para trabajar, para convertirse en ciudadanos’. ‘Es igualmente indudable nuestro deber que ese derecho se ejerza de una manera que provocará la menor y no la mayor fricción con los forasteros”[1]

[1] “It is our undoubted right to say what people, what persons, shall come to this country to live, to work, to become citizens”. “It is equally undoubtedly our duty that that right shall be exercised in a way that will be provocative of the least, and not of the most, friction with outsiders

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