En el Mall de Hialeah


Por Waldo Acebo Meireles

Hace un montón de años que, en Cuba, leí un artículo acerca de la nueva concepción que en el orden de la integración y recreo de la comunidad constituía la aparición de esos monstruos comerciales llamados ‘mall’.

A mi llegada a este país visité, más o menos obligado, dos o tres de ellos y aquella visión paradisíaca y bastante utópica no me resultó evidente, nada de una comunidad disfrutando de las delicias de los largos y anchos pasillos, de los jardines interiores y otras maravillas similares.

Todo eso hasta hoy, en que acompañe a mi esposa al deportivo ejercicio de cambiar y/o devolver regalos recibidos por las Christmas. Cómo mi aversión por las colas [líneas] tiene profundas raíces decidí limitar mi enojosa compañía a sentarme en el más cercano banco que encontré en el Westland Mall, mejor conocido como el  ‘elmoldejayalía’, ahí bien cerquita de la puerta, a unos pasos de una circunferencia donde osos pardos y pandas, burros, elefantes, y otros seres que no pude identificar esperaban por los niños, y los padres que pagasen, por dar unas vueltas en esos seres extraordinarios.

Al poco rato un señor bastante mayor llegó y se sentó a mi lado, unos minutos más y apareció otro, intercambiaron algunas palabras que no pude distinguir y apareció otro más, de aproximadamente la misma edad, esa edad indefinible que está entre ir al cementerio y que te lleven, lo cual no es igual.

Sin ser muy suspicaz supuse que eran tres retirados que se reunían allí a intercambiar y que en este caso yo le había aguado la fiesta. De vez en cuando pasaba alguna pareja, también sex o septuagenaria [lo de sex está referido a sexto] saludaba amigablemente y continuaba su camino.

Me empecé a dedicar a determinar cuales de las mujeres que iban a pasar frente a mi movería, o no las caderas, lo cual es un complejo análisis, que requiere una rápida coordinación de la visión frontal, ancho de las caderas, formas de vestir, edad y otros parámetros que no declaro para que no me roben el método.

Mientras yo estaba ocupado en tan grave disquisición una mesa en el ‘food court’ que me quedaba a escasos diez metros enfrente empezó a poblarse de personas de edad similar a las que ya he mencionado. Poco a poco llegaron a sumar siete alrededor de una mesa con capacidad para unas cuatro personas y nadie consumía nada de nada, sólo hablaban entre ellos con bastante sobriedad y calma lo cual no es común entre cubanos, aunque sin lugar a dudas eso eran.

Al fin encontré un motivo para hacer un comentario con la persona a mi lado, ya que una de las mujeres que realizan la labor de mantener limpio el ‘mol’, se acercó y bromeo que hoy no pondría multa ya que aún no habían botado café en el suelo. La conversación fue breve, mi esposa, ¡al fin!, se acercaba aparentando preocupación por su demora, pero en ese breve intercambio me enteré que los del banco, parcialmente usurpado por mi, se reunían todos los domingos para caminar [no les vi hacer semejante cosa] pero lo de la mesa se reunían todos los días. Para qué: Para tumbar a los Castros

Foto: Ana M

 

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