José Mijares: un olvidado


Waldo Acebo Meireles

Nunca vi un cuadro de José Mijares en Cuba, su exilio en 1968 les cerró las puertas a las galerías y exhibiciones oficiales y nos negó —otra consecuencia de esos ostracismos— a los cubanos en la isla el disfrute de esas caras almendradas, de mujeres enigmáticas que nunca sonríen y siempre, o casi siempre te miran de frente en hieráticas posiciones sedentes.

De copiosa producción no pudo disfrutar esta posible ‘edad de oro miamense’ para la plástica cubana con la reapertura de ‘The Bass Museum of Art’; el ‘Pérez Art Museum Miami’ y recientemente el ‘Museo de la Diáspora Cubana’, y de decenas de galería que exponen y comercian el arte cubano, ya que murió a los 82 años, en el 2004, tres años después de haber recibido un doctorado honorario de Florida International University.

Mijares fue reconocido por su maestría en el uso del óleo y por ser un pionero de la abstracción geométrica en la Cuba de los 50’, el cual desarrolló en el exilio a formas neo-barrocas que se hacen evidentes en los entornos de sus ya mencionadas misteriosas damas.

Sin embargo siento predilección por sus paisajes cubanos donde, generalmente, deambulan, o esperan, figuras femeninas estilizadas y de ellas siento especial apego a su cuadro ‘Habana Vieja’ que adquirí hace años y cuya imagen acompaña este escrito[1].

Quiero imaginar, que el artista figuró, ya que es una calle ascendente, Corrales, que va trepando paralelamente a Peña Pobre, hasta encontrarse con Compostela, que culmina en la única elevación que existe en la Habana Vieja, y allí forma la breve plazuela frente a la Iglesia del Santo Ángel Custodio, iglesia donde fue bautizado José Martí.

Recuerdo bien ese lugar donde todos los años, el Día de los Fieles Difuntos, se escenificaba el ‘Don Juan Tenorio’ de José Zorrilla de cuyos versos:

¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,

que en esta apartada orilla

más pura la luna brilla

y se respira mejor?

El gracejo criollo generaba de esos versos infinitos chascarrillos, más o menos graciosos y eróticos, generalmente obscenos.

En el cuadro se asoman, a ventanas o balcones, diez estilizadas figuras femeninas la mayoría de ellas en pie y mirando al exterior, en espera de algo, con esa criptica ilusión de quizás algún aparecido caballero. Balcones enrejados y guardavecinos se entremezclan con los tejados y tejadillos y los polícromos medios puntos y vitrales rompen un tanto con las seriedad del asunto.

Para mí es simplemente un cuadro mágico que está lleno de fantasías y alusiones, de placenteros recuerdos de una Habana que me ha quedado fuera del alcance.

[1] La reproducción fue autorizada por: http://www.miami-press.com

 

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