La cosa


Waldo Acebo Meireles

La prestigiosa y sofisticada[1] revista ‘The New Yorker’ le ha dedicado un extenso artículo [casi 30 cuartillas] al tema de los llamados ‘ataques sónicos’ que afectaron a una decena de funcionarios en la Embajada de EE.UU. en La Habana, no es habitual para esta revista dedicarle espacio a Cuba, en el 2002 inauguraron una sección dedicada a esta temática y este es el tercer artículo para la misma, en realidad la proyección de la revista es bien distinta, y el caso cubano no encaja mucho en ello, lo cual explica tan raquítico interés.

El artículo que nos ocupa es el intitulado ‘The Mystery of the Havana Syndrome’ y siguiendo la costumbre de ese órgano de prensa el mismo trata, y logra, darle un matiz humano, casi coloquial, poniendo en su centro a una funcionaria, que prefiere el anonimato, y que lo más probable es que sea uno de la decena de agentes de la CIA que fueron, todo parece indicarlo, los objetivos de los ataques.

El artículo aborda desde varios ángulos el proceso de reanudación de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los EE.UU., pero llama la atención el que no menciona el sonado caso de los espías y la liberación de Alan Gross, pero a pesar de ello realiza un análisis en extenso y profundo de las conversaciones y los conflictos internos que fueron necesarios solucionar.

En cuanto a las conversaciones con la parte cubana pone en un lugar principal a el hijo de Raúl Castro, Alejandro Castro, al que identifica como una figura clave de la contrainteligencia cubana al que, suponemos a sus espalda, le llaman ‘el tuerto’. El artículo señala en varios momentos lo exitosos que son los servicios de inteligencia cubanos y como han penetrado en EE.UU. lo que la CIA no ha podido corresponder apropiadamente. Los autores un poco que se regodean en ese aspecto de los éxitos de unos y los fracasos del otro.

En plano anecdótico de esta manifiesta superioridad está la frase que, supuestamente, le espetó a su contraparte cubana John Caulfield, quien fuese el Jefe de la Oficina de Intereses entre el 2011 y el 2014:

“Francamente, creo que ha sobreestimado enormemente mi capacidad de desestabilizar su sociedad”.[2]

Era interés de la parte norteamericana el mantener el más estricto secreto por temor de que los rusos interfiriesen en las negociaciones, pero evidentemente los rusos conocieron del asunto y en apariencia no les interesó el tema, quizás, y esto es una suposición mía, Alejandro Castro los mantenía informados de los pormenores.

El artículo describe y relaciona con detalles todo el proceso de cómo fueron afectados los funcionarios, las medidas que se fueron tomando, los médicos que los analizaron y las conclusiones clínicas a las que llegaron. Al no tener como denominar a estas afectaciones las comenzaron a llamar ‘Habana Síndrome’, pero entre las víctimas y los funcionarios que se sentían amenazados se le comenzó a llamar ‘The Thing’, quizás como una ominosa referencia a una película clase B de los 50’ que tuvo un ‘remake’ en 1982 y su necesaria ‘precuela’ en el 2011. Era ‘’la cosa”, que nadie sabía qué era ni de dónde venía, pero que era fatídica.

Quizás en ningún país los diplomáticos yanquis se han sentido más seguros que en Cuba, sabían que eran continuamente vigilados, chequeados, perseguidos por la seguridad cubana, por otra parte sabían que las posibilidades de un atentado terrorista era infinitesimales, estaban seguros tanto en el edificio sede como en las viviendas. Por otra parte dado el supuesto peligro de estar en un país en la lista de países terrorista, ser un enemigo declarado y demás elementos de la política al uso, pues recibían un estipendio por peligrosidad. En realidad los funcionarios designados a Cuba lo tomaban con alegría y entusiasmo, todo eran ventajas, más dinero, buenas residencias, excelente clima y bellas playas, el único problema es que no podían moverse libremente como en cualquier otro país. Lo anterior se refleja en el buen ánimo con el que aceptó el personaje centro del artículo su designación para trabajar en la Embajada de EE.UU. en La Habana e ir con su familia.

En el artículo se menciona una controversia sobre recibir un contenedor como si fuese algo extraordinario y yo sé de fuentes cercanas y fidedignas que eso era algo habitual; cada dos meses, o menos, en la Oficina de Intereses se recibía uno para lo cual se hacía una declaración y pasaba como valija diplomática sin mayores contratiempos, los funcionarios importaban artículos de primera necesidad, que no podían obtener en los mercados habilitados en Cuba para ellos, y además se importaban equipos y materiales necesarios para el funcionamiento de la Oficina. Además ellos sabían que si importaban, por ejemplo, un fax y se lo entregaban a un grupo disidente, al día siguiente era decomisado.

Sin embargo quizás lo más interesante del artículo está en las discusiones con las autoridades cubanas  sobre el asunto de ‘la cosa’. El elemento más significativo es el que copiamos textualmente:

 “El 21 de febrero, DeLaurentis acompañó a una delegación visitante del Congreso al Palacio Presidencial para una reunión con Raúl Castro. Después, Castro le pidió a DeLaurentis que se reuniera con él en privado. Según un ex funcionario del Departamento de Estado, Castro insistió en que la seguridad cubana no era responsable. ‘No somos nosotros’, dijo, y agregó: ‘Necesitamos más información de su gobierno para ayudar a resolverlo’.

Era muy inusual que un presidente cubano se reuniera personalmente con un jefe de misión estadounidense. Los oficiales de seguridad en Washington interpretaron la participación de Castro en el sentido de que los cubanos estaban profundamente preocupados por ser culpados. (Johana Tablada, la subdirectora general de la división de Estados Unidos en el Ministerio de Relaciones Exteriores, argumentó que mostraba que los cubanos estaban actuando de buena fe y ‘no tenían nada que ocultar’).”[3]

Estos párrafos hacen muy creíble la conclusión de que los cubanos no eran los responsables directos, aunque si lo eran de no haber brindado la protección necesaria a los diplomáticos de acuerdo a la Convención de Viena de 1961.

A partir del momento en que las comunicaciones con Alejandro Castro se interrumpen y el mismo desaparece de la escena, aumenta la sospecha que este era quien estaba detrás de los ataques, necesariamente utilizando los equipos suministrado por Rusia o por China, pero algo de esa magnitud sin la aprobación de Raúl era realmente algo muy grave lo que va a dar lugar a, según este artículo, que Alejandro pase a lo que se le llama en Cuba ‘plan piyama’.

¿Puede ser cierta esta conclusión? Es posible, pero ello significaría una grave escisión en las altas esferas del gobierno, casi rayana con la traición y por parte de un hijo del supremo dictador, toda una novela con inusitadas consecuencias.

El artículo termina con una patética frase puesta en boca del personaje anónimo con que comienza el trabajo, ella se siente molesta por la decisión tomada de que todos deben abandonar Cuba, en la cual se sentía muy a gusto:

   “Si esto realmente fue un arma que alguien usó contra nosotros, qué triste fue que los dejáramos ganar”.[4]

The New Yorker

 

[1] La sofisticación de esta revista no se limita al espacio que le dedica a la literatura y la diversas manifestaciones artísticas, insertando poemas en artículos con los que no guardan relación, en la publicación de cuentos cortos, en las profundas críticas de cine, libros, exposiciones, etcétera, sino en el uso de la diéresis sobre las vocales que se repitan adyacentes en algunas palabras, cuestión que defienden y emplean a contrapelo del resto de los medios de prensa norteamericanos.

[2] “Frankly, I think you have vastly overestimated my capability of destabilizing your society.”

[3] On February 21st, DeLaurentis accompanied a visiting congressional delegation to the Presidential Palace for a meeting with Raúl Castro. Afterward, Castro asked DeLaurentis to meet with him privately. According to a former State Department official, Castro insisted that Cuban security was not responsible. “It’s not us,” he said,

adding, “We need more information from your government to help solve it.”

It was highly unusual for a Cuban President to meet one-on-one with an American chief of mission. Security officials in Washington interpreted Castro’s involvement to mean that the Cubans were profoundly concerned about being blamed. ( Johana Tablada, the deputy director-general of the U.S. division at the Foreign Ministry,

argued instead that it showed the Cubans were acting in good faith and “had nothing to hide.”)

[4] “If this really was a weapon that someone had used against us, how sad it was that we were kind of letting them win.”

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