Mi Nochebuena


Waldo Acebo Meireles

La fiesta de Nochebuena comenzaba unas semanas antes, cuando salíamos a buscar el árbol de navidad que en una especie de bosque de frondosos e inusitado pinos ─llegados del Canadá o EE.UU.─ ocupaban las anchas aceras de la calle Monte [Máximo Gómez] en La Habana. Decorar el árbol y armar el Nacimiento era todo un jolgorio, preámbulo imprescindible a la cena del 24.

Me gustaba cuando el lechón se mataba y preparaba en el patio de la casa, no por el sangriento fin del animal sacrificado, sino porque al ser abierto en canal yo identificaba los distintos órganos, tan similares en forma y tamaño a los de un ser humano que había aprendido en las clases de Ciencias de la Naturaleza. También me resultaba agradable el acompañar a mi padre a la calle Arroyo que desembocaba en la Plaza [Mercado Único] donde se compraban estos animales dispuestos para el  sacrificio al dios de la gula. De paso contaba cuantas gallinas guineas se habían escapado y  se mantenían incólumes posadas en el tope de los postes eléctricos.

La cena pantagruélica incluía no solo el puerco, que había sido asado en la panadería más cercana, sino un guanajo, varias gallinas, y algún que otro guineo, que era mi preferido por sus carnes magras y oscuras, además estaba el congrí, o los frijoles negro y el arroz blancos, a gusto del comensal, plátanos verdes a puñetazos y la yuca con mojo, y una variada ensalada. ¡Los dulces, ah, los dulces! Turrones jijonas, alicantes y de yema de Monerris Planelles que venían en cajitas de madera que días después desarmábamos para hacer avioncitos, barquitos y todo lo que la imaginación infantil generaba. Además estaban las fuentes con queso patagrás, membrillo y también la conserva de guayaba en la que se insertaba una tira de jalea; los dátiles y los higos y finalmente las nueces y avellanas. Y no he mencionado los buñuelos. Todo un portento de delicias navideñas que nada tenían que ver con el nacimiento de Jesús.

Pero también recuerdo que en una ocasión mi padre me señaló, una fría noche de diciembre, a una familia de indigentes que a pocos metros de mi casa pernoctaban en un portal, ellos, incluyendo a sus hijos, se estaban comiendo ‘a pulso’ una barras de mantequilla que en la bodega más cercana habían desechado por estar rancias, faltaban pocos días para la Navidad. 

 

Deja tu comentario