Embullo vs entusiasmo


Waldo Acebo Meireles

En general, ya que como siempre hay excepciones, los cubanos somos más de embullo que de entusiasmo, tan es así que ya en 1836 Esteban Pichardo en su diccionario de provincialismo lo definía como: Animación, predisposición con entusiasmo para la diversión, bulla o fiesta que se prepara.

En la actualidad la Real Academia lo define como un cubanismo: Animar a alguien para que tome parte en una diversión bulliciosa. Con lo cual Argelio Santiesteban en el ‘El habla popular de hoy’ está en desacuerdo y lo acepta como cubanismo pero con la única acepción de: entusiasmo.

Pero en mi limitado entender no es lo mismo el entusiasmo que el embullo, por ejemplo se entusiasma una futura madre con el vástago que lleva en su seno, y por esto lares, se embulla con el ‘baby shower’ que piensa organizar. Filosofando un poco: el entusiasmo tiene una condición de mayor permanencia y trascendencia, es una proyección hacia el futuro, mientras que el embullo es episódico y un tanto intranscendente, es más liviano y carentes de las raíces que sí posee el entusiasmo. Quizás por eso los cubanos somos de embullo y no de entusiasmo.

Por acá los ‘spanglish hablantes’ han mal adoptado una palabreja, un falso cognado, que es esa que en ocasiones te lanzan: ‘excitado’ tomándolo del inglés ‘excited’ que aunque se parece tiene en español un significado muy distinto. La última vez que me lo dijeron en relación a un auto que había comprado respondí, y mi interlocutor seguro que nada entendió, ‘no, no pienso acostarme con el’.

A lo largo, y permítanme la repetición, de estos largos años, los cubanos de diferentes pelajes nos hemos embullado con la apertura de la Embajada de los EE.UU. en Cuba y también con la puesta en efecto del Capítulo III y IV de la Helms-Burton, y ha sido solo eso: un embullo a falta de un verdadero entusiasmo.

Y así seguirá por ‘saecula saeculorum’, ya que ciframos nuestro embullo en lo anecdótico y episódico, en lo que está desconectado con nuestro ser, en lo que nos viene dado y no obtenido por nosotros mismos, salvo que al cabildeo con los congresistas lo consideremos como parte integrante de nuestra búsqueda de soluciones reales, olvidando que lo que se nos da también nos puede ser quitado.

Aún recuerdo el embullo, que no fue otra cosa, conque se recibió la noticia de la muerte del innombrable, fue eso y nada más, pura bulla que se desvaneció con el correr de los meses y no dejó nada en el devenir de los de aquí ni en los de allá, que ni tan siquiera pudieron hacer bulla, por lo menos como a nosotros nos gusta: tirados por el medio de la calle.

Pero nada hemos aprendido, seguimos con la bulla y por paradójico que parezca eso quizás es lo que nos haga más fuerte internamente ya que a diferencia de otros emigrantes no nos lanzamos como plañideras sino que lo hacemos como oníricos bullangueros que en medio de nuestros ensueños nos mantenemos enclavados en lo que nos impregnó el telurismo antes de esa partida bulliciosa que pensamos provisional, y no lo ha sido, aunque nadie pretenda, o la entienda, como eterna, y ese si es un entusiasmo.

 

 

 

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