Mi teléfono tonto [foolphone]


Waldo Acebo Meireles

Acepto de antemano que a mí no me gusta hablar por teléfono, y no entiendo como alguien se puede pasar horas hablando con alguna persona a quien no puede ver la cara; a pesar de ello, por pura comodidad, tengo uno en cada habitación de mi casa. No soy un ‘luddita’, reconozco que la invención de Graham Bell ha desempeñado un importante papel en la evolución y desarrollo de la sociedad moderna, pero yo aborrezco hablar por teléfono y en especial detesto las llamadas no solicitadas que suman decenas a lo largo del mes.

Pero aún más condeno el actual uso, de manera desenfrenada he incluso abusiva de los teléfonos celulares, es casi imposible encontrarse a alguien que en cualquier lugar, hora y situación, no esté haciendo uso de ese ubicuo artefacto. A veces ves gente caminando como zombi, hablando solos, pero no son esquizofrénicos, andan con un pequeño artilugio colocado en su oreja que le dan cierto aire robótico y hablan con alguien, pero se ven ajenos a todo lo que les rodea.

Estoy convencido que llegará el momento que la humanidad comprenderá el grave error cometido con la universal difusión de esa tenaz y continuamente cambiante tecnología. Los llamados ‘smartphone’, esas compleja máquinas que no sólo permiten recibir y producir llamadas telefónica, sino además un rosario cada vez más infinito de otras funciones: tomar fotos o videos; oír música; hacer búsquedas en Google; como GPS; revisar la cuenta bancaria e incluso depositar digitalmente un cheque recibido; jugar una interminable gama de juegos; y un largo, demasiado largo, etcétera.

Nada más terrible que ir en tu auto detrás de uno o que avanza zigzagueando o avanza a la velocidad de un galápago, o peor aún que se queda adormecido cuando ya hace más de 30 segundo que la luz del semáforo pasó a verde, o es retrasado mental o está usando su celular mientras conduce, que es casi exactamente lo mismo.

Hay países como España donde semejante conducta puede conllevar a la suspensión de la licencia de conducir por varios meses. En los EE.UU. los brillantes legisladores aún no se han percatado de este aterrador asunto que ya ha costado miles de vidas.

Y esto sin considerar los dubitativos resultados de las investigaciones realizadas sobre la posible correlación entre el uso de los celulares, con su emisión y recepción de ondas electromagnética, y los tumores cerebrales, se dice que esas confusas investigaciones han sido solventadas y financiadas por las compañías que venden, fabrican y dan los servicios a esas maquinillas diabólicas.

Como yo soy incapaz de hacer uso de esas maravillosas funciones ya que mis pulgares no se adaptan a esos mini teclados y repudio el estar utilizando un estilo para resolver mi dilema digito-funcional entonces poseo desde hace años, no recuerdo cuantos, un Nokia [anuncio no pagado] que me cabe en la palma de la mano, o en el bolsillo de mi camisa, a diferencia de esas monstruosidades actuales que no caben en ningún lado.

Mi celular lo llevo siempre en mi auto, nunca lo utilizo, y solo está presente por si algún día, desafortunadamente, tengo que llamar al 911, ojala que nunca lo necesite, pero ahí está apagado, tranquilo, impertérrito, ajeno a su innata incapacidad de tomar foto o documentar para los ojos aviesos sobre mis ingenuos recorridos por la ciudad, o de encontrar el restaurante más cercano, es decir está en su habitual tontería sin envidiar a sus inteligentísimos y virtualmente [valga la palabreja] criminales descendientes.

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