Se popularizan las casas para dos familias


César Menéndez

Recuerdo cuando a mediados de la década de los ochenta, a finales del pasado siglo, la ciudad de Hialeah tenía fama de ser el lugar del Condado Dade – actualmente Miami Dade- donde mayor cantidad de casas unifamiliares modificadas existían; las cuales se habían condicionado, a contrapelo con las ordenanzas municipales, para dar albergue a más de una familia bajo el mismo techo.

Entre los muchos factores que dieron lugar a tal desajuste habitacional, por milla cuadrada, se pueden citar la enorme cantidad de inmigrantes cubanos que se radicaron en esa ciudad, luego del masivo éxodo del Mariel. También incidió la indolencia de una administración municipal que sacrificó la planificación, el orden y el normal funcionamiento de una ciudad, a cambio de su crecimiento económico. Y la necesidad de vivienda de muchas personas y la facilidad otorgada por los funcionarios municipales para violar las leyes y regulaciones destinadas a controlar la densidad poblacional en esa área.

Hace poco tiempo atrás mi amigo Evaristo Colino, quien suele llamarme de cuando en vez para hacerme algún comentario interesante referente a la industria inmobiliaria, me comentaba acerca de la proliferación, en todo el condado Miami Dade, de casas unifamiliares que albergan múltiples generaciones de una misma familia bajo un techo común. En aquella ocasión le dije a mi amigo que no se asombrase ante el fenómeno, pues el mismo era prácticamente una epidemia nacional.

Si bien en Hialeah la proliferación de desmedida se limitó a dos décadas y hoy día la ciudad se registra como ejemplo de crecimiento organizado y como ciudad estable de progreso y desarrollo, quizá en algo debido al crecimiento poblacional masivo que se registró hace más de treinta años, en el plano nacional la historia ha comenzado a repetirse con gran fuerza y no precisamente por los mismos motivos.

Hoy día ya es algo común que los desarrolladores construyan casas destinadas a albergar a dos o más generaciones en su seno. Las estadísticas nacionales reflejan aumento del endeudamiento personal y muestran cómo se reduce, cada vez más, la posibilidad de realizar el sueño americano de ser propietario de una vivienda.

Quizá para nosotros los latinoamericanos, el compartir una vivienda con miembros de otras generaciones de nuestra familia, sea algo normal y hasta beneficioso para el desarrollo de la generación más joven, al menos esa fue mi experiencia; pero la mayoría de los ciudadanos de este país no piensan de igual modo.

Recuerdo claramente que hace apenas unos meses mi buen amigo y maestro Martín Caparrós me dijo, en relación a la venta de un proyecto que nuestra compañía manejaba: “El constructor que hoy día no destine, en la casa que fabrique, al menos un espacio para que vivan los suegros de quien la compre y puedan estos ayudar a pagar la renta, está loco.”

Por suerte los tiempos pasan según avanza la historia y sé que pronto a este tiempo, le llamarán antiguo.

Fuente: Diario Las Américas

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