Un aniversario que olvidé


Waldo Acebo Meireles

Es cierto que estoy olvidadizo, bastante, no me acuerdo lo que comí ayer, ni del recado que me dieron, del nombre de algún colega e incluso de uno que otro amigo, la culpa se la echo a los años, a los míos, que son ya 72 a poco meses de los 73, pero que me haya pasado por alto tan fastuoso acontecimiento es imperdonable.

Y me refiero a que ya cumplí 36 años viviendo en libertad, es decir la mitad de mi vida. No me percaté de esa gran celebración y es ahora que me congratulo a mí mismo con euforia y un poco de tristeza por el olvido.

Mis primeros años libres, los pasé inadvertido de mi libertad, solo me molestaba que mi padre no me pudiese llevar a patinar a los jardines del Capitolio, algún que otro día, porque estaba de sesiones el Congreso y había cierta tendencia entre senadores y representantes a dirimir sus conflictos con una 45 en la mano, y con ello podían poner en peligro a niños incautos montados en sus bicicletas o patines.

Después sólo me sentía molesto cuando el policía de la zona golpeaba con su palo en el contén de la acera, a la una o dos de la madrugada, y al grupo de jóvenes que en una esquina discutíamos acaloradamente de pelota y de las interpretaciones de Jussi Björling, nos mandaba, casi afectuosamente, a dormir. Como decía cínicamente el tirano de turno aquello no era una dictadura, era una ‘dictablanda’.

Mi peor ofensa fue el 31 de diciembre de 1958 a la entrada de la Ciudad Deportiva para asistir a una presentación del ‘King American Circus’, un policía mal encarado como si yo, adolescente casi imberbe, fuese un aspirante futuro a jihadista, me registró de pie a cabeza; años después comprendí que otros imberbes, porque los barbudos no andaban por esa época en la ciudades, ponían bombas en los baños y mataban inocentes, por el solo delito de gustarle ir al cine.

A la mañana siguiente me despertó la alegría de que mi ultraje, ahora habitual en los aeropuerto de todo el mundo, había sido redimido, se acababa una dictadura que le interesaba lo que tú hacías pero comenzaba otra que le interesaba también sobremanera lo que tu pensabas. Confieso que mi alegría me duró algunos años, aunque se fue degastando hasta desaparecer por completo.

Esa maliciosa necesidad de saber cómo tú pensabas provocó mi expulsión de las filas del magisterio, por diversionista, palabra inexistente en el diccionario español, quizás por ello sibilinamente me repusieron, aunque esto no disminuyó la asechanza y buen tiempo después, quizás por mi algo osada, para ellos, defensa del 20 de mayo, empezaron a oírse cercanos rumores de la peligrosa categoría de neo-anexionista, y un desconocido, aparentando amistad, me dio un ‘buen consejo’; confieso que me entró pánico.

Logré una inesperada visa, ya que había fracasado en mis intentos de huir hacia México y la Venezuela de aquella época, no la actual, aprovechando invitaciones de historiadores e instituciones de esas naciones, y llegué a Hialeah, que no es lo mismo que Miami, y menos aún que los EE.UU. y más que bien he disfrutado de esa libertad que permite decirle a un idiota que me llame comunista: Sí, ¿y qué?, ¿algún problema? Y seguir viviendo sin ninguna angustia ni preocupación, salvo que gane Donald Trump.

 

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