El aprendiz

Waldo Acebo Meireles

Los hombres son tan simples y de tal forma obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar.

Maquiavelo[1]

Recientemente en un programa de análisis político de la TV hispana un defensor a ultranza de Trump dijo [cita no textual] que los errores de Trump eran lógicos ya que él no tenía experiencia como político sino como negociante. A esto la respuesta del oponente fue: Entonces si ponemos a un mecánico a hacer una operación de corazón y el paciente muere el problema es que el ‘cirujano’ no tenía experiencia. Esta respuesta nos lleva a nuestro asunto principal, Trump fue elegido sin el mínimo de experiencia necesario para ejercer el trabajo más complejo y de mayor importancia, podemos decir, en el mundo.

No creo que ningún presidente electo se haya sentado en la silla presidencial con la necesaria experiencia para ejercer el cargo, nadie la ha tenido, por lo menos en el primer término. Obama no la tenía, y le costó encanecer para adquirirla, pero alguna experiencia tenía de los vericuetos e intríngulis de la política nacional; Trump evidentemente carecía, carece, de ese mínimo de experiencia, de conocimientos. Sus acciones así lo demuestran.

No es que sea necesario un título universitario, o menos aún un doctorado, en Ciencias Políticas, pero lo que si es necesario es algún tiempo de entrenamiento en y dentro de la política y con los políticos, sus avatares, disfunciones, limitaciones, imperfecciones y teatralidades que no se corresponden a las que Trump está acostumbrado por toda su experiencia anterior.

Una muestra evidente es su fatal inexperiencia es ese fantasma que recorre los pasillos de la Casa Blanca, es un fantasma ruso. Un Presidente con una mediana experiencia ya se hubiese desligado totalmente de ese asunto y hubiese promovido, utilizando todos los instrumentos políticos a su alcance, una investigación a fondo de las imputaciones que se le hacen a sus compañeros en el proceso electoral e incluso a cercanos adjuntos a su presidencia.

Pero no lo ha hecho, se limita a considerar todas las informaciones al respecto como falsas, concede total confianza a los leales pero en extremo dudosos colaboradores, y el mismo niega ingenuamente tener ninguna relación con Rusia cuando efectuó un ‘Miss Universo’ en Moscú, hace cuatro años. ¿Cómo pudo hacerlo sin tener ninguna relación?

Supongamos lo mejor, que ni él ni sus adláteres han tenido una relación, por decirlo de alguna forma, pecaminosa con los rusos, supongamos que no existe ningún ‘dossier’ comprometedor sobre él en manos de la FSB; pensemos que el eliminar el asunto Ucrania del programa del partido Republicano fue una pura casualidad y que nada tuvo que ver con Manafort; presumamos que las reiteradas palabras encomiosas hacia Putin no tengan ningún otro significado, ni que sus pretendidos deseos de mejorar las relaciones con Rusia encierren algún oscuro objetivo; confiemos en que el Secretario de Estado, con un abultado portafolio de acciones de ExxonMobil no tenga ningún interés en abrir el camino para esa compañía en el Ártico ruso; creamos que en realidad su llamado a que los rusos encontraran los email ‘perdidos‘ de la Clinton fuese una broma, aunque de mal gusto.

Después del necesario esfuerzo empático para olvidarnos de todo lo anterior nos quedan dos hechos: Los contactos negados, incluso bajo juramento, de Michael Flynn y Jeff Sessions con el tovarich Serguey Ivanovich Kislyak, el tóxico embajador de Rusia. ¿Qué necesidad había de negar esos contactos? Podían haber sido algo común, rutinario sin mayor importancia y consecuencias, entonces por qué negarlos, no tiene sentido.

Pero el problema no se limita simplemente a negarlos, sino en el caso de Sessions negarlo bajo juramento en su deposición ante el Congreso y en el caso de Flynn negarlo, u ocultarlo, al Vice –Presidente de los EE.UU., sin lugar a dudas que eso es grave.

La inexperiencia de nuestro Presidente ha tenido otras consecuencias que erosionan su capital político y consiste en la pretensión, muy laudable, de cumplir de inmediato sus promesas electorales eso lo ha llevado, mal aconsejado, a acciones como la suspensión de entradas de nacionales de seis países con poblaciones mayoritariamente musulmanas acción complicada por la falta de adecuada instrumentación de dicha medida, lo cual originó un rechazo amplio e incluso una orden judicial que paralizó su aplicación. No tomó en cuenta que su antecesor en sus ocho años de presidencia no logró algo, aparentemente más sencillo y menos complicado, como el cierre de la prisión en Guantánamo.

Los continuos ataques a la prensa, el desdén por los órganos de inteligencia que tan valiosos servicios han brindado a este país, su, digamos, pereza para denunciar los actos antisemitas y su nula condenación de otras acciones llevadas a cabo por suprematistas blancos, la paranoia que lo ha llevado a culpar al Presidente saliente de las manifestaciones en su contra, intervenir los teléfonos de Trump Tower y otras acciones críticas a su breve y bastante convulsa estancia en la Casa Blanca.

En el plano internacional sus errores han sido garrafales, por mencionar algunos, sus críticas a la OTAN, sus desplantes con el presidente de México o el Primer Ministro australiano, sus ataques al NAFTA, la aceptación de la llamada de la Presidenta de Taiwán lo cual rompió un protocolo vigente de 1979, pero tan grave como eso fue su torpe respuesta a quienes cuestionaron la necesidad de esa acción aventurera, hasta los chinos la consideraron un producto de su inexperiencia.

Este aprendiz de brujo, que nada tiene que ver con la obra de Goethe, pero que si continúa por ese camino va a desatar demonios que no serán simples escobas sino en viraje total del papel que ha desempeñado EE.UU. desde el fin de la II Guerra Mundial y que ha permitido no solo la estabilidad del mundo occidental, el final de la Guerra Fría, la reducción de armas nucleares, el desarrollo de la economía global y la reducción de la pobreza mundial.

El Presidente Trump es un víctima irreversible del efecto Dunning-Kruger y continuando ese camino salpicado de ideas xenofóbicas, nacionalismo exacerbado, nativismo y un mercantilismo retrogrado no va a quedar otra alternativa que decirle: “you’re fired!”



[1] Maquiavelo, Nicolás; El Príncipe, Pluton Ediciones, Barcelona 2013 pp. 107-108

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