Los círculos habaneros

Waldo Acebo Meireles

Todo el mundo conoce, o por lo menos ha oído hablar de los dibujos de Nazca, pero difícilmente de los círculos habaneros, y no nos referimos a los a los llamados Sociales, ni a los Infantiles, sino a círculos reales que se inscriben sobre el territorio de las provincias habaneras.

Estos círculos se pueden apreciar en un mapa 1:50000 o de mayor escala, o si sobrevolamos a buena altura ese territorio, actualmente es posible hacerlo al simplemente buscar las imágenes de satélite, que como la que ilustra este trabajo se pueden observar en distintos ‘site’ de Internet[1]

Corrales de Melena, Alquízar Turibacoa y Cajío
Corrales de Melena, Alquízar Turibacoa y Cajío

Puede haberle ocurrido a quien haya tomado alguna de las estrechas carreteras del sur habanero y se haya percatado de que la misma sigue una trayectoria bastante rara, son largas curvas, sin justificación aparente.

Esos caminos y carreteras que presentan extensos arcos de círculos están siguiendo el trazado o linderos de los corrales o haciendas circulares que el Cabildo habanero entregó en posesión a la aristocracia terrateniente de los siglos XVI y XVII básicamente.

¿Cómo han llegado a nosotros estos ‘relictos’[2] con más 300 o 400 años? Empecemos por decir que lo que parecen círculos en realidad no lo son sino que son polígonos regulares de 72 lados que vistos en un mapa, o desde buena altura, parecen círculos perfectos.

Es a partir del siglo XVIII que comienzan las infinitas luchas legales para determinar la posesión, que no propiedad, de estos inmensos latifundios, un corral tenía una legua de radio es decir 4,240 metros, por tanto un corral con la circulación completa, lo cual era raro ya que generalmente era cortado por otros corrales, el caso del corral Melena es una de esas excepciones; tenía 421 caballerías. Un hato con el doble de radio tenía 1,684 caballerías.

A partir de mediados de mediados del siglo XVIII los agrimensores o “amojonadores” que procedieron a delimitar esas mercedes, hicieron su “zafra”, ya que lo que les sobró fue trabajo [y broncas
con los que se consideraron afectados por sus mediciones] y crearon esos linderos que fueron respetados al trazar los caminos y que hasta hoy se pueden observar.

Dentro de los límites de la Ciudad de La Habana quedan casi completos los relictos del corral de Xiaraco, o Jiaraco, el cual cortaba los límites de un hato anómalo, con tres leguas de radio, que les fue otorgados a los indios recluidos, por decisión del Cabildo habanero, en el poblado de Guanabacoa, eran conocidos como los ‘Naturales de Guanabacoa’; y de los cuales aún a mediados del siglo XIX podemos encontrar huellas en las entradas de nacimientos y matrimonios en los libros de la iglesia de Managua. Ello demuestra que los aborígenes cubanos no fueron exterminados como la historiografía tradicional siempre ha afirmado.

Relictos en 1950
Relictos en 1950

En la actual provincia habanera de Artemisa se pueden observar corrales casi con su circulación completa en los relictos visibles en la imagen del satélite como son: Alquízar, Melena, y Turibacoa.

¿Se cometían errores?, claro que se cometían, como decía Esteban Pichardo, nuestro ‘Cartógrafo Mayor’: “¿y quién podrá medir una línea de dos leguas en Cuba sin equivocarse en seis varas?”. Claro un error de seis varas representaba unas cuantas caballerías de más, o de menos.

Si los relictos de los corrales y hatos llegaron hasta hoy, sobreviviendo la debacle agraria que ha asolado nuestro país, entonces le podemos augurar una larga vida.

[1] Nos referimos a los grandes arcos de círculos que por ejemplo rodean al poblado de Güira de Melena y no a los pequeños círculos que son sistemas de regadíos que al parecer no dan mucho resultados ya que la mayor parte no presentan el verdor propio a algún cultivo.
[2] El concepto de relicto para referirme a las huellas de viejas construcciones, caminos, etc., en este caso a los linderos de los hatos y corrales lo introduje en el campo de la investigación histórica a partir de mis trabajos en la mapoteca del Archivo Nacional de Cuba. El concepto ha sido aceptado con cierta reticencia por otros investigadores cubanos.

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